Ensayo /
¿Lo único que importa?
- Por Facundo Esteche, edil Partido Colorado
Recuerdo a la profesora Borges, que nos enseñó Saramago y su Ensayo sobre la ceguera. A Baudelaire. Recuerdo escucharla hablar francés y años después terminar pisando la Alliance Française de Salto para aprender la lengua romance por excelencia. También leer a Flaubert y su obsesión con le mot juste.
Recuerdo al profesor Pedrozo, que con sus clases nos entretenía tanto que, aún cuando sonaba el timbre del recreo, queríamos quedarnos. La Divina Comedia. Borges. Casa tomada de Cortázar. Fue mi tutor en un concurso, un ensayo sobre política y utopía, y la Universidad de Montevideo nos dio un reconocimiento. Uno de los profesores que más me hacía salir de la zona de confort. Invitaba a mirar un abismo que genera vértigo, ese de saber más pero, al mismo tiempo, sentir que sabés menos porque se te amplía todo.
Pignataro y Jardim...
Recuerdo al profesor Pignataro y La vida de Lazarillo de Tormes, también El Quijote. Y recuerdo al profesor Jardim, que nos hizo comprender La Ilíada y La Odisea: la Lealtad —sí, con mayúscula— del perrito Argos; el canto de las sirenas y Ulises atándose para no caer en la tentación. Una metáfora hoy más vigente que nunca para el recurso limitado más deseado y competitivo del siglo XXI que es la atención.
Para escribir hay que leer: Jorge Lanata
Hace un tiempo, un periodista incisivo venía a Uruguay y le preguntaban sobre literatura. Jorge Lanata respondía que la única manera de escribir es leer; que hay que leer ficción y poesía; que al final eso nos vuelve más sensibles. Que un ingeniero haría un mejor puente si leyera a Alejandra Pizarnik; que un médico operaría mejor si alguna vez leyó a Baudelaire. ¿Qué tiene que ver? Todo, si sos más sensible, trabajás mejor, mirás mejor, vivís mejor. Sensibilidad como sinónimo de apertura que te da perspectivas y te despabila un poco más.
El hombre es lobo del hombre...
Aunque, curiosamente, como dijo Hobbes, el hombre es lobo del hombre, y leer no te vuelve necesariamente bueno. Hay lectores entre los peores, siendo el ejemplo clásico Hitler, y más acá también hay monstruos contemporáneos que leen. Entonces no se trata solo de leer, sino de qué leés. Como con la comida, que no es “mala” en sí; importa el alimento que elegís, lo que te metés adentro. Por eso los autoritarios prohíben libros. Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, lo llevó al extremo en un mundo donde la cultura se quema para que nadie piense demasiado. ¿Hoy?
“Hablaremos más de literatura… es lo único que importa”
Javier Cercas, escritor español, entrevistó a Emmanuel Macron, presidente de Francia. Al final del reportaje y en vísperas de un acuerdo cultural entre la Quinta República y el Reino de España, Macron le dijo, casi fuera de micrófono: “Hablaremos más de literatura… es lo único que importa”. Quizá sea el punto. En tiempos donde la atención se licúa y cotiza, no creo que la literatura sea un adorno. Es una disciplina del espíritu. Una forma de entrenar las miradas, de ensanchar el lenguaje —útil en época de IA y prompts— y el pensamiento, de recuperar profundidad frente al reflejo hipnótico de los teléfonos inteligentes.
Redes sociales y algoritmos
Sé que es difícil. Estamos rodeados por las redes sociales y sus algoritmos en la era de la economía de la atención. Un tema del que todavía se habla poco por estos lados, pero se va a empezar a tratar. Muchos problemas vinculados a la salud mental se explican, en parte, por esos estímulos adictivos y el uso dependiente e invasivo que hemos naturalizado. Estímulos por los que caigo bastante seguido. Me estás leyendo, si es que tu atención —bombardeada por contenido ligero, reels, TikToks— te permitió tolerar una columna de menos de 650 palabras, de 2 minutos y 56 segundos. No te culpo, me pasa. Hay explicaciones técnicas y científicas de porque es tan adictivo. Mientras tanto, leer puede ser una forma de escapar, al menos por un rato, y a veces, de volver a la vida real.