El dinero que compra poder
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Por Jose Pedro Cardozo
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Cada cierto tiempo Uruguay despierta con un nuevo escándalo de lavado de activos. Cambian los nombres, cambian los protagonistas y cambian las organizaciones investigadas. Lo que no cambia es la incómoda sensación de que apenas estamos viendo la punta del iceberg de un fenómeno que lleva por lo menos dos décadas expandiéndose silenciosamente.
El último operativo volvió a encender todas las alarmas. Las derivaciones alcanzan a un asesor político, aparecen vínculos con un operador cambiario cercano al Frente Amplio y resurge una pregunta que trasciende cualquier partido: ¿hasta dónde logró penetrar el dinero ilícito en las estructuras del poder uruguayo?
La advertencia no es nueva. Hace dieciocho años, el entonces director nacional de Policía, Julio Guarteche, compareció ante el Parlamento y dejó una señal inquietante. Alertó que contrabandistas y narcotraficantes buscaban acercarse a personas con capacidad de decisión, desde ediles hasta legisladores e incluso ministros. También mencionó el interés que existía sobre áreas estratégicas como el puerto de Montevideo y la operativa de Pluna. Pidió incluso que parte de sus declaraciones no quedaran registradas en las versiones taquigráficas.
El tiempo terminó dándole una vigencia incómoda a aquella advertencia. Lo verdaderamente preocupante es que el problema parece mucho más profundo que un caso puntual. Mientras la Jutep inicia actuaciones de oficio y el Banco Central intensifica inspecciones sobre casas de cambio y redes de pagos, los números oficiales muestran una contradicción difícil de justificar. En 2025 Uruguay registró un récord histórico de 1.080 Reportes de Operaciones Sospechosas. Sin embargo, las condenas por lavado siguen siendo extraordinariamente escasas, apenas entre cuatro y seis sentencias anuales en períodos recientes.
El sistema detecta sospechas, pero rara vez consigue transformarlas en condenas. La explicación aparece en las propias debilidades institucionales. Muchas investigaciones terminan cuando se condena el delito precedente —narcotráfico, contrabando o estafa— sin seguir el recorrido del dinero. Las unidades especializadas carecen de suficientes recursos humanos y tecnológicos. Las fiscalías cambiaron reiteradamente sus competencias, afectando la continuidad de las causas. Y probar el entramado financiero detrás del lavado exige niveles de evidencia que muchas veces nunca llegan a reunirse.
Mientras tanto, el dinero continúa circulando. El informe de Senaclaft identifica precisamente cuáles son las principales fuentes de esos activos ilícitos: narcotráfico, contrabando, corrupción, delitos tributarios, estafas y trata de personas. No se trata únicamente de delincuentes comunes. Se trata de organizaciones que necesitan legitimarse, invertir, comprar influencia y encontrar puertas abiertas dentro del sistema.
Por eso resulta un error reducir el debate a la cercanía de un operador con determinado partido político. Si algo enseñan estos episodios es que la corrupción no distingue colores partidarios cuando encuentra oportunidades. Allí donde existan vacíos de control, financiamiento opaco o intermediarios con acceso al poder, el dinero ilícito buscará instalarse.
La verdadera discusión ya no puede limitarse a detener a un cambista o imputar a un asesor. Uruguay necesita fortalecer las investigaciones patrimoniales, blindar el financiamiento político, dotar de mayores capacidades a los organismos de control y convertir los reportes en resultados concretos.
Porque cuando el dinero del crimen deja de comprar mercancías para empezar a comprar influencia, el problema deja de ser exclusivamente policial. Se convierte en una amenaza directa contra la República.