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Han pasado seis meses desde que el nuevo gobierno de Salto asumió sus responsabilidades. Seis meses que parecen mucho tiempo, pero en realidad recién ahora llega el proyecto de decreto más importante del quinquenio: el presupuesto. Es el proyecto que la mayoría de los salteños respaldó en las urnas, y por eso merece respeto. Respeto a la voluntad popular y a las autoridades que legítimamente llegaron al poder con las herramientas que brinda nuestra democracia.

Durante este tiempo hubo tensiones, discusiones duras y decisiones sensibles. Se habló de paros por tiempo indeterminado, de ocupaciones de lugares de trabajo, de medidas sorpresivas. Sin embargo, nada de eso se concretó. Las presiones se desvanecieron solas y el gobierno departamental logró mantener cierta calma. Esa calma no significa que no haya problemas, sino que los conflictos quedaron en suspenso. Ahora, con el presupuesto sobre la mesa, empieza la verdadera prueba.


Lo que sí cambió fue el estilo de gobernar. Se dejó atrás el grito y la voz ronca para volver al diálogo. Eso es positivo, aunque todavía falta demostrar que ese diálogo se convierte en hechos concretos. El presupuesto es la primera oportunidad para hacerlo. Puede parecer tarde, pero en realidad es recién el comienzo.

El contraste aparece cuando miramos al gobierno nacional. Allí se votó el presupuesto por unanimidad, pero en enero, entre fiestas y feriados, surgió la noticia de los 90 millones de dólares que saldrán del bolsillo de los trabajadores. No se dijo antes, no se explicó con transparencia, y ahora no habrá devolución. Esa forma de gobernar es lo que genera desconfianza: se aprueba un presupuesto en silencio y después se carga el peso sobre los asalariados.

Los mismos que pedían discutir el endeudamiento de Salto después del presupuesto, a nivel nacional hicieron exactamente lo contrario. Votaron primero y luego metieron la mano en el bolsillo de los trabajadores. Es cierto que afecta a quienes ganan más, pero siguen siendo trabajadores. 

En Salto, en cambio, el proyecto que llega ahora es el que la gente eligió en las urnas. Esa es la diferencia. Aquí la voluntad popular está en juego y debe respetarse. El gobierno departamental tiene la oportunidad de empezar con claridad, de mostrar que las cartas están sobre la mesa y que no hay nada oculto. Puede parecer que pasó demasiado tiempo, pero en realidad es recién el inicio de un camino que debe ser transparente y coherente.

La política debería ser clara y frontal. Sin sorpresas de último momento, sin anuncios disfrazados entre fiestas. Porque la democracia se fortalece cuando las decisiones se toman de frente, con respeto a los ciudadanos.

Seis meses alcanzan para mostrar luces y sombras. En el gobierno nacional, la sombra de la falta de transparencia es evidente. En el departamental, la luz está en la posibilidad de empezar ahora, aunque la espera haya sido larga. El desafío es demostrar que se gobierna para la gente, con coherencia y resultados.

La paciencia de los salteños no es infinita, pero todavía hay margen para que el nuevo gobierno muestre que puede cumplir lo que prometió. El rumbo está marcado: gobernar con diálogo, respetar la voluntad popular y no repetir los errores de gobiernos anteriores. . Porque al final, los verdaderos dueños del poder son los ciudadanos, y ellos esperan transparencia, coherencia y respeto.

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