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Hay un logro que enarboló el gobierno pasado y que este lo está cuidando y para eso puso al economista Gabriel Oddone al frente de la cartera de Economía y es la contención de la inflación.

Desde hace años y por suerte tenemos una inflación controlada que no da demasiados sobresaltos y sirve mucho más de lo que pensamos. Por ejemplo para proyectar inversiones, por ejemplo para sacar créditos para invertir a largo plazo, para darle estabilidad a la economía. Que hay amenazas, sí claro, quién lo puede negar. Por ejemplo, muchos dicen, y seguramente con buena parte de razón, que hay un atraso cambiario que paga el sector productivo y que si el dólar pasara los cincuenta pesos se podría exportar mejor, además el dinero que entra al país rendiría más. Pero también se dice que si esto se corrigiera vendrían más turistas pues el país se abarataría. De todas formas estas cosas no son lineales, si el dólar subiera un veinte por ciento la mayoría de los enseres que consumimos, al ser importados, subirían lo mismo y también los productos nacionales pues la maquinaria, el capital fijo, y ni hablar de los combustibles, podrían subir de precio a partir de lo cual sufriríamos un sostenido proceso inflacionario.

Pero este proceso que puede ser virtuoso choca contra dos obstáculos que nadie ha podido resolver al menos en la historia moderna del Uruguay y que nos van a ocupar más de una vez. Uno es lo caro que es para vivir este país, lo caro que es para invertir, lo caro que es para hacer turismo. Hay precios en el Uruguay que son los mismos que se pagan en supermercados de Europa, y los obreros medios europeos no ganan lo mismo que los obreros en promedio de esta país. Eso ya es bravo, todos saben que el gas en Argentina es más barato todo saben que la energía eléctrica es más barata en Paraguay. Eso los inversionistas lo ven.

Del otro lado está el peso del Estado sobre el que todos hablan pero nadie hace nada. Fijémonos que año a año el Estado tiene o acumula déficit, ergo gasta mas que de lo que entra en una situación que a nadie llama la atención. Pero cuánto ganaríamos en todo, en competitividad, en pagar menos intereses de deuda, en servicios de deuda, si el país tuviera por ejemplo superávit fiscal. No pensamos en la motosierra de Javier Milei en la hermana República Argentina pero sí en ir recortando espacios que siempre traen algún dolor, no hay parto sin dolor, pero que a la larga repercutirían en la salud fiscal del país y en menores cargas impositivas para la gente. Pero no estamos dispuestos a esto. Es como cuando les cortamos el dulce a nuestros hijos, a nuestros nietos, le bajamos la dosis de caramelos, chicles y chupetones. De entrada chillan pero de fondo los ayudamos en la salud en general y en la salud bucal en particular. ¿Quién va contento al dentista?

Estos dos temas, lo caro del Uruguay y lo que implica el peso del Estado van absolutamente unido ya que el Estado no produce nada, o lo hace caro y mal y vive de la actividad privada. Pero es difícil achicar el Estado cuando cada uruguayo sueña con ser empleado público. Por lo que si no se bajan los costos para lo privado y se le facilita la tarea a la pyme, al cuentapropista, al empresario, al trabajador, siempre estará latente de fondo disfrutar de los placeres de ser empleado público. Borrar ese sueño es difícil pero no se trata de quitar privilegios sino de sincerar lo que se hace y darle caminos al inversor.

 

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